No dotar de recursos al Sistema Nacional de Cuidados, lo dejará en letra muerta: Dulce María Sauri Riancho

Sara Lovera, SemMéxico

20 de mayo de 2021

La reforma constitucional que crea el sistema pendiente  en el Senado a 6 meses de su aprobación

Presenta el PRI una iniciativa de reforma hacendaria que dote recursos cada año y sea progresivo

Sara Lovera

SemMéxico, Cd. de México, 20 de mayo, 2021.-La diputada Dulce María Sauri Riancho, del Grupo Parlamentario del PRI, presentó una iniciativa para que el Sistema Nacional de Cuidados cuente con recursos económicos suficientes que permitan su operación, para que no quede en letra muerta y quede claro que ésta  no puede ser entendida sin considerar los derechos de las mujeres y advirtió que el Sistema no se ha aprobado en el Senado, tras 6 meses desde su aprobación y reforma Constitucional.

El texto de la reforma que presentó la también presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados,  deja en claro que los recursos que se otorguen año con año nunca disminuyan; y que las dependencias y entidades encargadas de poner en marcha al  Sistema puedan solicitar aumentos anuales, con base en las necesidades o vicisitudes que adviertan.

Al presentarla en nombre de su grupo parlamentario, la reforma que propone, atiende a la reforma constitucional aprobada en noviembre de 2020. Ahora se trata de hacerla efectiva. De dotarla de recursos, de trabajar en la ley secundaria, porque Estado está obligado a tomar todas las medidas a su alcance en el corto, mediano y largo plazo, y de manera expedita y eficaz. 

La iniciativa, de la que SemMéxico tiene copia, reforma y adiciona los artículos 25 y 42 de la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, para garantizar el destino de recursos para hacer efectivo el Sistema Nacional de Cuidados.

Además destacó la diputada  que el cuidado como derecho, supone asegurar los estándares y principios de derechos humanos, su carácter universal, indivisible e interdependiente.

El texto de la iniciativa presentada hoy,  recuerda que  durante la discusión  de la reforma constitucional, del 18 de noviembre de 2020,  se determinó que el sistema nacional de cuidados no debía generar ninguna estructura orgánica nueva ni compromisos económicos adicionales; si no debían aprovecharse las instituciones ya existentes de los diversos órdenes parciales de gobierno, esto a pesar de que diversos grupos parlamentarios hicieron énfasis en la necesidad de que un sistema de esta naturaleza, dada su complejidad requiere recursos para su correcta implementación. Pese a esta advertencia, porque la dejaría en letra muerta,  reconoció que”la aprobación de esta reforma significa un avance importante en materia de derechos humanos, la cual podrá ser perfeccionada con la expedición de su ley secundaria”.

Pero además, la reforma constitucional, trascendental para la vida de las personas, no la aprobó todavía el Senado de la República. Lo que es de preocupación. Ahora la propuesta, trata de enmendar esa advertencia de que no  implicaría gasto adicional. La convertiría en una falacia.

El Sistema Nacional de Cuidados, defendido por el Instituto Nacional de las Mujeres, no podría quedar sólo en palabras. En todos los países del sistema americano, se camina en ese sentido, incluso por las recomendaciones de la CEPAL, tras lo devastadores efectos de la pandemia y la pérdida de empleo de las mujeres. Asunto reconocido y discutido en todos los países.

 Uno de los argumentos, que recordó la ex gobernadora de Yucatá es que  trabajo de cuidados es uno de los obstáculos  que enfrentan las mujeres al tratar de incorporarse al trabajo remunerado, y en consecuencia, avanzar en su grado de autonomía. 

De acuerdo con el INEGI, la pandemia de COVID-19 tuvo un impacto desproporcionado sobre las mujeres.

Más de un millón tuvo que dejar de trabajar por un ingreso; 84 por ciento salió de la fuerza de trabajo de la denominada población económicamente activa, mientras que 7 de cada 10 personas de los 2.1 millones que ya no están ocupadas, también eran mujeres.

Otro dato por demás contundente, sostuvo la diputada,  muestra que de los casi 30 millones de mujeres de 15 años y más, que están fuera de la fuerza laboral, apenas 17 por ciento asegura estar disponible para trabajar, y 80 por ciento señala que tiene otras actividades y/o vive en un contexto que les dificulta trabajar.

La pandemia dejó enormes consecuencias sociales y económicas en el caso de las mujeres, éstas pasan por el estrés, los efectos psicológicos y la fatiga que ha dejado el trabajo de cuidados, como, por ejemplo, cumplir el rol de madre combinado con el de asistentes educativas, cuidar personas enfermas y lidiar con una mayor densidad de trabajo doméstico durante el confinamiento. Todo esto tiene efectos sobre su autonomía económica y su calidad de vida.

La iniciativa implica asegurar el funcionamiento del Sistema Nacional de Cuidados, que consiste en un conjunto de políticas públicas y acciones institucionales que deben coordinarse, no solo en el nivel de la federación, sino también con la concurrencia de los estados, y esta responsabilidad no puede iniciar sin recursos propios, por magros que estos sean.

Argumentó que la aprobación de esta reforma significa un avance importante en materia de derechos humanos, la cual podrá ser perfeccionada con la expedición de su ley secundaria, por lo que se necesita presupuesto suficiente para establecer y ejecutar tales políticas públicas.  

Advirtió que no prever una erogación presupuestaria a reformas con tan importante impacto social, genera que el texto constitucional sea letra muerta, ya que la ciudadanía se ve impedida para ejercer dicho derecho ante la falta de mecanismos o instituciones ante quien exigirlo. 

En el documento fue enviado a la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la Cámara de Diputados, resalta que la propuesta tiene en su naturaleza la perspectiva de género, toda vez que son las mujeres quienes se encargan de los cuidados.

Aclaró que, está pendiente la aprobación de esta reforma en el Senado de la Republica, sin embargo, espera cuente con un amplio consenso por parte de todos los grupos parlamentarios como sucedió en la Cámara de Diputados por ser un tema necesario para la población. 

La iniciativa hacendaria está firmada por las diputadas Dulce María Sauri Riancho, Mariana Rodríguez Mier y Terán, Claudia Pastor Badilla y los diputados René Juárez Cisneros y Enrique Ochoa Reza, integrantes del Grupo Parlamentario del Partido Revolucionario Institucional PRI.

“El presente artículo es propiedad de SemMéxico

Lovera, S. (2021). No dotar de recursos al Sistema Nacional de Cuidados, lo dejará en letra muerta: Dulce María Sauri Riancho. SemMéxico. Recuperado el 21 de mayo de 2021, de https://www.semmexico.mx/no-dotar-de-recursos-al-sistema-nacional-de-cuidados-lo-dejara-en-letra-muerta-dulce-maria-sauri-riancho/

En México se venden niñas «por costumbre» unas 300 mil en años, Gobernación debe actuar

Concha Moreno, SemMéxico

13 de mayo de 2021

El ominoso caso de Guerrero: ocupa el segundo lugar en embarazos de adolescentes

Los hombres mandan, ellas obedecen los «sabios», especialistas para pedir la novia

 Concha Moreno

SemMéxico/Periodistas en Español, Cd. de México, 13 de mayo, 2021.- En las zonas más pobres del Estado de Guerrero, al centro/occidente  de México, las niñas son vendidas de forma habitual porque los padres lo consideran «usos y costumbres» y una fuente de ingresos, porque pueden obtener hasta doscientos mil pesos (unos 8290 euros).

Sucede desde hace demasiados años. En la denominada Montaña de Guerrero, en cuanto las niñas rondan los doce años ya son «vendibles». Quienes las compran (porque es ese el término correcto) las pueden convertir en sus esposas o, simplemente, son utilizadas como esclavas para la casa o el campo.

Lógicamente, no se puede hablar de una cifra concreta, ni aproximada, porque las autoridades no tienen interés alguno en controlarlo. Se cree que puede haber hasta trescientas mil criaturas cuyos padres las vendieron al mejor postor.

El centro de derechos humanos de La Montaña Tlachinollan lo ha denunciado recientemente con el fin de que tanto el gobierno estatal como el federal tomen cartas en el asunto y prohíban totalmente estas transacciones.

Cuentan que, en las comunidades indígenas, la maternidad llega a muy temprana edad, no por decisión propia sino por la costumbre añeja de los padres que logran concertar las alianzas de sus hijos con las hijas. Normalmente hay pago de la dote, que en un principio se le conocía como el ritual de petición de la novia. Con el tiempo esta práctica se ha perdido y mercantilizado.

La gravedad de estos acuerdos es que no permiten que las mujeres decidan, sobre todo, porque lo hacen antes de que cumplan los dieciocho años. No hay forma de revertir la decisión paterna. Las mamás y las abuelas se supeditan a lo que determinan los padres. Las hijas no tienen voz ni voto, simplemente tienen que acatar el acuerdo de los mayores.

Los hombres mandan, ellas obedecen

Esta situación reproduce un sistema de dominación regido por los hombres que impiden que las mujeres mayores salgan en defensa de sus hijas o nietas. Los matrimonios se conciertan de los doce años en adelante.

A veces hay dificultades entre los padres de la novia y del novio. Las razones son diversas: el padre no ve con agrado al futuro esposo de su hija, ya sea por su comportamiento, por la forma de ser de su familia o porque no llegan al acuerdo sobre el pago de la dote.

En algunas comunidades acuden a los «sabios», que son especialistas para pedir la novia. Cuando se logra la concertación, vienen los preparativos de la boda, cuyos gastos corresponden a la familia del novio.

Regularmente la nueva esposa se va a vivir a la casa de los suegros, donde se transforma en la criada de la familia del esposo. Tiene que levantarse temprano para preparar la comida que se llevará el marido al campo y, cuando es temporada de siembra, debe levantarse a las tres de la mañana, pues una vez preparado los tacos tiene que ir al campo.

Es muy común que en todos estos menesteres la esposa cargue con el niño o la niña más pequeña sobre su espalda. Solo así puede avanzar en su trabajo y al mismo tiempo cuidar a su bebé. Carga con el almuerzo y con su hijo o hija para ir a la parcela donde siembran. Caminan descalzas una o dos horas en terrenos agrestes. Se las ingenian para servir el almuerzo y atender a su pequeño. Por parte del esposo no hay un detalle o una expresión de agradecimiento por el almuerzo que preparó su esposa, más bien, puede haber algún reclamo o regaño si algo no le gustó.

A pesar de que terminan rendidas por la jornada larga, están pendientes de sus pequeños hijos hasta que se duermen. Cuando enferman, la situación se complica, porque tienen que improvisar algún remedio casero en condiciones sumamente precarias. Son las abuelas las que auxilian a las mamás, para sobrellevar estas penas de los males físicos.

Parecería que esta cotidianidad, tan pesada por la carga de trabajo, sería lo que más afecta a las esposas o madres que cargan con el yugo del esposo y su familia. Pero la realidad es aún más trágica por la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres. El sometimiento comunitario que persiste por parte de los hombres, quienes ejercen la autoridad en la casa y en las comisarías, se manifiesta con golpes, lesiones y asesinatos. 

Cuando hay problemas como pareja y llevan su caso ante la autoridad, lo normal es que se le dé la razón al esposo. No hay mujer alguna que la defienda, porque son espacios propios que se han adjudicado los hombres. Si hay un señalamiento del hombre y su familia de que la esposa no está cumpliendo con los deberes de la casa, se le reprende y se le encarcela. Citan a sus padres y les llaman la atención porque no enseñaron a su hija a trabajar como es costumbre que lo hagan las mujeres. El mismo papá, en lugar de salir en defensa de su hija, la reprende públicamente, porque según su visión, «le hace quedar mal». Con estas actuaciones la violencia se comunitariza contra las mujeres, que carecen de recurso alguno para ser escuchadas y defender sus derechos.

A pesar de tanta infamia, algunas se han armado de valor y se han atrevido a denunciar a sus esposos. Por desgracia, las autoridades encargadas de investigar los delitos están muy lejos de desempeñar sus funciones. Han aprendido a maltratar a la gente, a sobrellevar los asuntos y atender a quienes ofrecen dinero. La misma unidad de investigación de la fiscalía especializada en delitos sexuales y violencia familiar protege a los agresores y se encarga más bien de obstaculizar las investigaciones, o de persuadir a las víctimas para que negocien con sus victimarios. No hay forma de romper con este sistema de justicia patriarcal que se ha empeñado en difamar a las mujeres y de hacer escarnio público de la violencia que padecen. 

Prende la indignación 

Gran número de organizaciones de la sociedad civil, han levantado la voz para denunciar estas transacciones de niñas mediante el envío de una carta abierta a diferentes representantes del Gobierno del país: a la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero; al subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas; al subsecretario de Desarrollo Democrático, Participación Social y Asuntos Religiosos, Rabindranath Salazar; al  procurador federal de Protección de niñas, niños y Adolescentes, Oliver Castañeda; al gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo, y a los candidatos que se presentan a las inminentes elecciones de este Estado.

Afirman que «esta práctica intolerable constituye una gravísima violación a los derechos humanos de la niñas que lo sufren, en contra de la más elemental de las condiciones de vida que es el derecho a la libertad y a la autodeterminación, a la integridad física y al desarrollo armónico de sus potencialidades desde el principio, con el agravante de sus implicaciones como trata, violencia sexual y atentado al derecho a la salud, y diametralmente contrario al principio de interés superior de la niñez -mandatado en la Constitución y en las convenciones internacionales de las que México hace parte».

Dicen entender que el problema es complejo y que, ´por lo tanto, requiere de un enfoque transversal a los órdenes del gobierno y a los tres poderes; un esfuerzo multisectorial en los trabajos a coordinar y, por supuesto, una visión de derechos también sensible al contexto cultural y respetuosa de la auténtica determinación de pueblos y comunidades indígenas. Como lo muestra la evidencia, aseguran, «no es un tema de usos y costumbres, como se suele presentar, sino arreglos de violencia adulta tolerados y propiciados por la complicidad de autoridades comunitarias, municipales, estatales y federales».

El estado de Guerrero ocupa el segundo lugar en embarazos de adolescentes. En la entidad ocurren dos de cada diez nacimientos de bebés cuyas madres eran menores de diecinueve años. Guerrero, junto con Chihuahua, comparte el mayor porcentaje de embarazo adolescente en el país.

“El presente artículo es propiedad de SemMéxico

Moreno, C. (2021). En México se venden niñas «por costumbre» unas 300 mil en años, Gobernación debe actuar. SemMéxico. Recuperado el 14 de mayo de 2021, de https://www.semmexico.mx/?p=35244

El Consejo Ciudadano y su apoyo a mamás con fatiga por pandemia de Covid-19

ContraRéplica

09 de mayo de 2021, 13:56

El Consejo Ciudadano y su apoyo a mamás con fatiga por pandemia de Covid-19
Imagen: Cuartoscuro

El Consejo Ciudadano Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México ha brindado apoyo a las madres capitalinas que han presentado algunos problemas durante la pandemia de Covid-19, como la fatiga. De acuerdo con datos del organismo, entre marzo de 2020 y abril de este año se ha brindado apoyo por fatiga emocional a 197 mujeres.

Ante la fatiga pandémica y los nuevos roles que trajo consigo el confinamiento, las madres mexicanas han sabido sobreponerse y ajustar sus necesidades, principalmente de salud mental, comentó el presidente de la institución Salvador Guerrero Chiprés.

“Este agotamiento emocional está relacionado con cuatro factores: las madres o encargadas de la crianza se han visto rebasadas por los roles de educadoras y de cuidadoras, además de enfrentar, en muchos casos, el desempleo y también su papel de esposas”, dijo el presidente del organismo.

Las mujeres que contactaron al Consejo manifestaron sentirse desbordadas, cansadas, desorientadas y sin tiempo para ellas mismas, con un significativo impacto en su estado de ánimo. Los datos indican que una de cada tres madres tiene entre 31 y 45 años de edad, y tres de cada cinco llamadas proceden de la Ciudad de México.

El 58% de las mamás que buscaron ayuda de las y los psicólogos del Consejo manifestaron agotamiento por el cuidado de los hijos, 17% por las atenciones que han dedicado a adultos y 16% por las labores del hogar.

Además, en los primeros cuatro meses de este año 309 mamás han solicitado al Consejo Ciudadano apoyo psicológico para sus hijos, principalmente por ideación suicida, problemas de conducta, adicciones, agresividad, ansiedad y fatiga pandémica.

El 42% de las madres tienen entre 36 y 50 años, y además de la CDMX, llaman del Estado de México, Veracruz, Guanajuato, Guerrero y Morelos, principalmente.

Se aconsejó crear redes de apoyo para las madres dentro del hogar, como el establecimiento de horarios y roles de cuidado y educación entre todos los integrantes.

El Consejo Ciudadano ofrece apoyo psicológico gratuito, 24/7, a cualquier sitio del país a través de la Línea Mujer y Familia y el Chat de Confianza, ambos con número 55 5533 5533.

Imagen: Cuartoscuro

“El presente artículo es propiedad de ContraRéplica

ContraRéplica. (2021). El Consejo Ciudadano y su apoyo a mamás con fatiga por pandemia de Covid-19. ContraRéplica. Recuperado el 11 de mayo de 2021, de https://www.contrareplica.mx/nota-El-Consejo-Ciudadano-y-su-apoyo-a-mamas-con-fatiga-por-pandemia-de-Covid-19-20219535

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo

México ha enfrentado la pandemia con una carencia de personal de enfermería, que sumado al cierre de guarderías ha puesto al límite la salud física y mental de más de 255 mil mujeres con dobles o triples jornadas, abandonadas por un sistema que desdeña los trabajos de cuidado que sostienen la vida

Anaiz Zamora (@anaichaz), Lado B

09 de mayo de 2021

Lado B
*Foto de portada: Andrea es enfermera en el Hospital de Perinatología, trabaja en el turno nocturno y sus jornadas son de 12 horas. Desde el inicio de la pandemia se encuentra en área COVID. Por indicaciones de su jefa de área, la mayoría del personal no entra ni sale con uniforme para evitar agresiones como las que sucedieron en los meses pasados hacia el personal de salud / Foto: Greta Rico

El trabajo de cuidados no se paga con dinero, pero “sí lo pagan las mujeres con el cuerpo, con su salud y bienestar”, y ese costo profundo se refleja en sus proyectos de vida y el tiempo que pueden destinar para el descanso y para ellas mismas

Noches de insomnio, nudos que se quedan en la garganta, lágrimas que se esconden de los más pequeños, sudor, dolores de cabeza, mal humor, peleas sin sentido con la pareja. Las cargas del trabajo de cuidados se sienten en el cuerpo, se cobran en las emociones; sobre todo cuando las jornadas de cuidado son dobles, una pagada y la otra invisible. Se siente en el cuerpo cuando estás al frente de la atención de una pandemia global, pero también del cuidado de tus hijos e hijas, a quienes no has podido abrazar.

Sandra y Andrea se suman a las 255 mil 439 enfermeras que, de acuerdo con el Sistema de Administración de Recursos Humanos en Enfermería, son parte del personal de salud en México. Una lo hace en el Hospital La Raza, la otra en el Instituto Nacional de Perinatología. Ellas han leído reportajes e historias que resaltan la valentía y fortaleza del personal de salud, narrativas que colocan a personal médico y de enfermería como “superhéroes”, pero ellas consideran que debajo de esa capa de superheroínas se esconden todas las actividades que deben realizar en casa, la fatiga y los impactos de esas largas jornadas. 

Se da por entendido que “las mamás se encargan de los cuidados porque les corresponde y se da de forma natural, lo que impide que veamos que el trabajo en casa es un trabajo arduo y emocionalmente cansado”, así lo explican Margarita Garfias y Jana Vasil’eva, integrantes de la Red Nacional de Cuidados, un grupo diverso que ha puesto sobre el debate público que se trata de un trabajo que no se paga con dinero, pero “sí lo pagan las mujeres con el cuerpo, con su salud y bienestar”, y ese costo profundo se refleja en sus proyectos de vida y el tiempo que pueden destinar para el descanso y para ellas mismas.

Ser enfermera y mamá
Debido al riesgo de contagio en el transporte público, Sandra pidió a su esposo que la lleve y la recoja todos los días para poder hacer el traslado desde Ecatepec hasta el hospital La Raza / Foto: Greta Rico

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El día que Andrea comprendió lo que significaba enfrentar una pandemia global en primera línea de atención, no fue cuando cerraron un piso entero del hospital donde trabaja para atender los casos, tampoco cuando varias de sus compañeras, las más grandes de edad y las que tienen alguna condición de vulnerabilidad frente a la COVID-19, fueron enviadas a casa por decisión federal. Ella sintió en el cuerpo lo que realmente significaba enfrentar una crisis de salud en primera línea, cuando por decreto presidencial del 31 de marzo del 2020el cuidado de menores de edad no se consideró como un servicio esencial y se cerraron las guarderías. 

Cuando se tomó esa decisión, ella apenas cumplía ocho meses siendo mamá de Mateo*, su único hijo. Su embarazo y los primeros meses de su maternidad, los adaptó a su horario laboral nocturno. Esa jornada “de por sí es más cansada”, son turnos de 12 horas en donde hay menos personal atendiendo a las pacientes —las del Hospital de Perinatología son mujeres con embarazos de alto riesgo—; al volver del trabajo ella llevaba a Mateo a la guardería y así recuperaba un poco del sueño perdido. Cuando esa opción no existió, ser enfermera en tiempos de COVID-19, se “volvió horrible”. 

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
Después del desayuno, Andrea prepara la mochila de su hijo con una muda de ropa y algunos juguetes. Su esposo lo lleva a la guardería alrededor de las 9:30 am y ella lo recoge a las 3 pm / Foto: Greta Rico

Considerar el cuidado de las y los menores de edad como no esencial, es dar por hecho que una mujer lo va a hacer. Las doctoras y académicas del Colegio de México, Nathaly Llanes Díaz y Edith Pacheco Gómez Muñoz, en el artículo “Maternidad y trabajo no remunerado en el contexto del COVID-19“, critican esa división que se hizo de las actividades esenciales, pues dejó fuera una gran labor. Ellas le dan sentido a la frase “los trabajos de cuidado sostienen la vida”, al recordar que para vivir en esta sociedad necesitamos cosas que son básicas, por ejemplo, ropa limpia, que alguien debe de lavar, o que alguien nos enseñe a caminar, hablar y escribir. 

Si nos guiamos por las cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo podemos estimar que el 73 por ciento de las enfermeras de nuestro país son madres, muchas de ellas respondieron a su labor al frente de los servicios de salud, sin poderse apoyar en una guardería para cumplir con su otra labor esencial.

Andrea salía de su casa a las siete de la noche sin vestir el uniforme blanco por el temor de sufrir una agresión, llegaba al hospital a preparar el instrumental y material necesario, tomaba su último trago de agua, se colocaba el equipo de protección, realizaba pruebas PCR, esperaba los resultados, monitoreaba a las pacientes, checaba a los bebés, caminaba de un lado al otro, era la única enfermera del turno en ese piso, que no era de atención COVID. Daban las siete de la mañana, se quitaba el traje, se bañaba, dejaba el hospital, llegaba a casa y su bebé la estaba esperando; preparaba el desayuno, amamantaba, enseñaba a caminar, lavaba la ropa, cambiaba los pañales, ella quería dormir, pero Mateo no, él quería jugar. Cada vez que su hijo dormía, ella instantáneamente “caía rendida tras él, para aprovechar y dormir un poco”.

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
Al llegar a casa, Andrea suele desayunar con su hijo para pasar un poco de tiempo con él antes de que su padre lo lleve a la guardería / Foto: Greta Rico

Con esa rutina, comenzó un dolor de cabeza que tardó meses en irse, se le olvidaban las cosas  y estaba de malas todo el tiempo. La taza que dejó en otro lugar, la leche que se derramó, los trastes que no se lavaban, la junta virtual que no puede posponer, son algunas de las razones por las que todos los días discutía con su pareja, quien no podía asumir el cuidado de Mateo durante las mañanas porque el trabajo le demandaba estar frente a la computadora. Andrea tiene claro, debido a su profesión, que no dormir puede provocar una embolia; además del miedo a contagiarse, ella vivía con el miedo de sufrir una embolia cerebral. 

Los efectos de la COVID en la vida, autonomía y economía de las mujeres han sido mapeados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, una institución que le recordó a los países que eran las mujeres quienes están en la primera fila de la atención médica, al ser el 85 por ciento del personal de enfermería, que las medidas de confinamiento elevarían las cargas del trabajo de cuidados al interior de las casas y que “al ser las enfermeras las que probablemente estén a cargo de las labores de cuidado en sus hogares, es importante que los sistemas de salud consideren permisos para el personal sanitario, independientemente de su sexo, para ausentarse y cuidar a sus familias”.

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
Aunque su hijo pasa entre 5 y 6 horas en la guardería, Andrea no logra dormir todo ese tiempo. Cuando Darío se va, ella trata de hacerse cargo de algunas labores domésticas antes de irse a la cama / Foto: Greta Rico

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Un abrazo relaja el sistema nervioso simpático, así se explica la importancia de esa muestra de afecto en términos biológicos, en palabras más simples, ese apretón en el cuerpo disminuye el ritmo cardiaco y, entre otras cosas, controla la ansiedad. Sandra tuvo que renunciar a los abrazos de su hijo de 12 años y de su hija de tres, cuando por la política de rotación de personal que se estableció en La Raza, le tocó estar en el área de terapia intensiva respiratoria durante los primeros meses de la pandemia; cuando la mayoría de quienes se enfermaban de COVID-19 perdían la batalla entre tubos que a ella le tocaba desconectar, y cuando el miedo de contagiar a su familia no la dejaba dormir.  

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
“Una de las situaciones más difíciles fue tener que enseñarles a mi hija y a mi hijo que ya no podían correr para abrazarme cuando llego de trabajar. Ahora nos saludamos con distancia y esperan a que yo me desinfecte para poder acercarse a mí”, dice Sandra / Foto: Greta Rico

En un esquema ideal, imaginado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por cada mil habitantes, deberían existir 8.8 enfermeras. En los tres años que Sandra había trabajado como enfermera antes de la pandemia, México ya tenía una carencia de personal de enfermería, (con una tasa  de apenas 2.8 enfermeras por cada mil habitantes), esa escasez de personal se agudizó en los momentos más críticos. Ella era la única enfermera auxiliar del área en su turno. La mitad de la jornada la dedicaba a abastecer de material a las enfermeras intensivistas, la otra mitad a atender directamente a las y los pacientes. Al quitarse el traje de protección se daba cuenta de lo deshidratada que estaba por no tomar agua y sudar tanto y de lo mucho que ya le dolían las piernas.   

El miedo de contagiar a su familia, no la dejaba comer dentro del hospital y la obligaba a darse un baño antes de dejar las instalaciones, y a cambiarse de ropa. Los 45 minutos de tráfico que la separaban de su casa, los recorría pensando en cuánto le gustaría abrazar a su familia después de un día lleno de pérdidas, y aunque le “costó mucho que la niña entendiera que ya no puede salir corriendo a abrazar a mami”, desde los primeros días de la crisis, y hasta ahora, el recibimiento que le da su hijo mayor consiste en un beso que le manda con la mano y un proceso de desinfección con una pistola de rayos ultravioleta. Él también la ayuda a desinfectar la bolsa y zapatos que deben quedarse en el patio de la casa; su hija se limita a dar pequeños saltitos cuando la ve llegar. 

En medio de la crisis y con las piernas muchas veces acalambradas, lo que Sandra nunca dejó de hacer al volver del trabajo fue revisar las tareas de su hijo, sobre todo porque “las clases en línea y en la tele, no son lo mismo, y siempre está la preocupación de que se atrase”. Con cubrebocas y con una mesita que marca la sana distancia, ella revisa que lo que está en los cuadernos y en la computadora coincida con las guías que le manda por WhatsApp la maestra, y aunque ya no se acuerda de todo, intenta resolver las dudas que quedan después de las clases a distancia. 

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble
El hijo mayor de Sandra es quien coordina el recibimiento para que su madre pueda entrar a casa. Además de un tapete desinfectante, la rocía con una pistola aspersora de rayos UV / Foto: Greta Rico

Su doble jornada muchas veces fue (y sigue siendo) simultánea, las clases en línea de su hijo la obligaban a estar al pendiente del celular, para “recordarle de meterse a la clase o que mandaron [un] mensaje; le ponía alarmitas en el celular para que se acordara; escondía el celular en el traje de protección, para poner a escondidas el manos libres para estar en la junta de la escuela”, en la que la maestra sabía que “no podía hablar, pero sí la escuchaba”. 

Dedicar las tardes completas a las tareas de cuidado, que también incluyen realizar los ejercicios de terapia de lenguaje con su hija, la “mantenían ocupada y me permitían no recordar toda la tristeza que sentía de ver a las personas morir y escuchar, a quienes podían hablar, despedirse de su familia”. Pero no podía escapar de la tristeza cuando leía los mensajes de los grupos de WhatsApp que crearon entre compañeras y compañeros en los que se comunicaban (y lo siguen haciendo) para preguntar intentar ayudar a una familia que busca información sobre la mejoría de una persona que está internada; aunque ya no está en el área COVID, Sandra aún busca la forma de ayudar a las familias. 

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
El horario de Sandra es de 7 am a 3 pm, sin embargo, contando el tiempo de traslado desde el Hospital La Raza hasta Ecatepec, suele llegar a casa entre 4 y 4:30 pm. Cuando llega a su casa se incorpora a la doble jornada ya que diario tiene que supervisar las tareas de su hijo mayor, quien toma clases a distancia y contrastarlas con las comunicaciones que tiene con las maestras a través de grupos de WhatsApp / Foto: Greta Rico

Como académicas del Colmex, Nathaly Llanes Díaz y Edith Pacheco publicaron el artículo “Maternidad y trabajo no remunerado en el contexto del Covid-19“ en donde exploran cómo dentro de la maternidad, la carga emocional del cuidado “se da por hecho”, y cómo las encuestas de uso de tiempo no consideran la fatiga emocional que genera a las mujeres ejercer estas labores, que continúan siendo distribuidas de maneras desiguales. 

*  *  *  *

Sandra disfruta su trabajo. Le gusta porque siempre recuerda que la inspiró su madre, quien ejerció la misma profesión, porque creció escuchando las historias de su padre que también fue enfermero. Trabajar en el Hospital le permite tener un horario fijo y pasar tiempo con su familia, y estar al pendiente de todo lo que necesitan. Pero sobre todo lo disfruta porque puede estar en contacto con las personas y ayudarlas, se siente feliz cuando puede dar buenas noticias y cuando “sus pacientes mejoran”. Pero la gravedad y los síntomas que veía en el área de COVID-19 le daban poco espacio para esa sensación. 

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
Desde el inicio de la pandemia Sandra y su familia se mudaron a casa de su mamá. Tanto ella como su esposo trabajan durante el día y con las clases a distancia necesitaban que alguien cuidara y se hiciera cargo de su hijo e hija / Foto: Greta Rico

Sandra leía en las noticias que ella no podía fallar, porque era la heroína de esta parte de la historia, pero la realidad es que ella y sus compañeras muchos días sentían que no podían más. Ella quería dormir, descansar, llorar y, lo más importante, quería que los siguientes no fueran sus papás, ni su esposo. En cada persona que bañaba, o a la que le administraba medicamento, ella imaginaba el rostro de alguien de su familia, también veía a compañeras salir contagiadas, perder a alguien de su familia, todo eso lo recordaba en la noche y aunque el cuerpo pedía un descanso muchas veces el cerebro simplemente no podía apagarse, así que recurrió a “las pastillas naturistas y a los tecitos”. 

Lo que más le ayudaba era platicar con sus compañeras. En el hospital se ofreció la posibilidad de recibir una ayuda psicológica, “pero la verdad no te da tiempo como para realmente tomar una terapia o platicar con el psicólogo, (…) toda la jornada andas de acá para allá y yo me apuraba para salir pronto y llegar a mi casa, soy mamá y eso me implica otra jornada completa, aunque ahora me ayuden mis papás (…) me levanto a las 5:30 de la mañana y me voy acostando como a las 12”.  

Antes de la pandemia Andrea se estresaba por el estado crítico de los embarazos, pero en este momento los minutos que transcurren más lento durante su jornada, son en los que espera mientras salen los resultados de las pruebas PCR. “Nuestro trabajo ya nunca va a regresar a lo que era, ya no puedes cargar (a las y los recién nacidos) con la misma seguridad y la misma confianza, a mí me gustaba mucho cargar a los bebés”.

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
“Me sentía tan cansada, antes de llevarlo a la guardería dormía tan poco que sentía que me iba a dar una embolia. Ahora cuando mi niño se va yo puedo dormir por la mañana mientras mi esposo trabaja desde casa”, cuenta Andrea / Foto: Greta Rico

En su casa, la ansiedad no disminuye, en algún punto de la mañana “sentía que [su esposo y ella] estábamos a punto de hervir, sentía que iba a enloquecer”. Para calmarse y para cansar un poco a su hijo salía a caminar dos veces al día, así lo hizo hasta que reabrieron las guarderías, “el primer día que se pudo, llevé a Mateo y pude dormir en la mañana”. La contención emocional que le brindaba el Hospital era en línea, y “no quería estar frente a una pantalla, además a qué hora, (…) esos discursos de la superheroína, justo se olvidan de ese lado, de que después de mi turno de 12 horas como enfermera, tengo otro de 12 horas como mamá”. 

Aunque no se conocen, Sandra y Andrea, además de compartir su profesión, comparten la sensación de sentirse abandonadas por el Estado durante la crisis. “No hubo mucha ayuda, incluso se habló de que las enfermeras jóvenes que nos quedamos íbamos a doblar turnos, para suplir al personal que se contagiaba o el que mandaron a casa”. Esa amenaza no se cumplió para ninguna de las dos. En cada Hospital lograron organizarse para protestar contra esa medida, “muchas somos mamás, y sí es nuestro trabajo cuidar a los pacientes, pero ¿a nuestros hijos o  nuestros padres quién los iba a cuidar si nos enfermábamos o nos pasaba algo de tanto estrés?”.

Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo
La entrada de la casa de la mamá de Sandra está ocupada por múltiples enseres de limpieza, zapatos y desinfectantes / Foto: Greta Rico

Se hicieron promesas, pero no se cumplieron del todo, algunas se condicionaron. Mientras estuvo en el área COVID a Sandra le pagaron un bono en su salario, pero “solo fue por unos meses”. Se anunció un incentivo si el personal renunciaba a sus vacaciones, pero ella no lo hizo, necesitaba unos días para descansar el cuerpo y la mente. Como Andrea no trabaja en un Centro COVID, aunque sí existe un riesgo de contagio por las pacientes que resultan  positivas, no puede acceder a ese pago extra. 

Ahora estamos en un momento distinto de la pandemia, pero Andrea y Sandra siguen conservando las medidas de precaución, siguen esperando los resultados de las personas que ellas atienden y presentan síntomas, también siguen cuidando de quienes tienen otras enfermedades y otros diagnósticos. “Las enfermeras siempre hemos estado ahí, y seguiremos estando al frente de cualquier crisis de salud, no se nos había visto como ahora, porque no veían lo importante de nuestro trabajo”. Lo dice Andrea como un paralelismo de lo invisible que son todas las jornadas de cuidado que realiza todos los días.

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Esta historia es parte de las Cartografías de Cuidado, un proyecto de periodismo feminista donde mapeamos los trabajos invisibles que sostienen la vida: las labores de cuidado que realizan las mujeres

*Foto de portada: Andrea es enfermera en el Hospital de Perinatología, trabaja en el turno nocturno y sus jornadas son de 12 horas. Desde el inicio de la pandemia se encuentra en área COVID. Por indicaciones de su jefa de área, la mayoría del personal no entra ni sale con uniforme para evitar agresiones como las que sucedieron en los meses pasados hacia el personal de salud / Foto: Greta Rico

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Zamora, A. (2021). Ser enfermera y mamá, un trabajo doble de cuidados que se paga con el cuerpo. Lado B. Recuperado el 10 de mayo de 2021, de https://www.ladobe.com.mx/2021/05/ser-enfermera-y-mama-un-trabajo-doble-de-cuidados-que-se-paga-con-el-cuerpo/