La crisis de los partidos políticos

La ciudadanía está haciendo evidente su descontento con el estado de cosas que guardan los asuntos públicos. Desde hace tiempo, se ha venido incubando un creciente malestar en la sociedad: trátese lo mismo de los jóvenes rechazados por la universidad pública y obligados a ingresar a una institución privada, imposible para miles, o de aquellos “afortunados”, quienes después de cursar una carrera profesional, no logran conseguir una plaza de trabajo, por cierto, insuficientemente remunerada para acabar contratándose de “lo que sea”. Y ¿qué decir de la enorme cantidad de in-empleables sin calificación para ganarse la vida decentemente, producto del sistema educativo? Las condiciones de las personas vulnerables y de la tercera edad tampoco son las mejores: sigue habiendo discriminación laboral. Las cosas no están bien.

Desde épocas remotas se han ido construyendo sistemas de organización política: hemos transitado del absolutismo a la democracia representativa; del gobierno de un hombre, al gobierno de los ciudadanos; del derecho de la Iglesia a legitimar a los gobernantes, a la voluntad del pueblo expresada en el sufragio. Mientras la sucesión de un monarca está determinada por la sangre, la renovación de los gobiernos es consecuencia de un proceso electoral. Finalmente, es el pueblo el que decide, en los  términos de la Constitución y a través del voto, quién debe gobernarlo y durante cuánto tiempo, aunque debemos estar atentos para evitar que la democracia no sea la puerta falsa de la tiranía, los ejemplos de Putin en Rusia, Chávez y Maduro en Venezuela, Kim Jong-un en Corea y los hermanos Castro en Cuba, no deben repetirse. 

Ahora bien, debido al principio de igualdad política, todos los ciudadanos son elegibles para un puesto público cumpliendo un mínimo de requisitos, por tanto, al consolidarse el Estado moderno, se definió que los partidos políticos serían la única vía de acceso a cualquier cargo de representación popular. Así, los partidos son asociaciones de ciudadanos ideológicamente afines con una oferta política explícita, cuyo objetivo es alcanzar el poder para lograr, a través de la administración pública, el desarrollo y bienestar de la sociedad. 

El problema es que los partidos políticos, concebidos para propiciar la competencia electoral y fortalecer la democracia, no solo fueron pervertidos por grupos o camarillas que se benefician con sus privilegios, sino también se distanciaron de su ideología, se volvieron pragmáticos, abandonaron a sus militantes, se olvidaron de sus lealtades y, hay que decirlo, permitieron e incluso indujeron, sin tapujo alguno, el cambio de camiseta: lo “importante” es ganar elecciones, aunque para eso deban aliarse con sus antípodas ideológicos. En gran parte, el desprestigio de la política obedece a la conducta de algunos políticos quienes solo se representan a sí mismos o a intereses inconfesables.

Necesitamos nuevas formas de organización política. Seguramente a los jóvenes les tocará crear o renovar a las instituciones públicas que hagan renacer la confianza en la democracia como la vía para alcanzar la justicia social y el bien común.

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