Maternidades neurodivergentes en tiempos de pandemia

Gisela | Yo También

Viernes 23 de octubre de 2020

La salud mental nos compete a todos y todas. En esta época, algunas condiciones han aumentado; otras se han disparado, pero este episodio, tan duro para la humanidad, quizá nos permita entender a quienes viven
con alguna discapacidad.

Fotografía de una mujer con su hija de espaldas frente a una computadora, la mujer tiene las manos en la computadora mientras la niña tiene un lápiz en la mano.

Siempre que escucho a alguien decir “me gustaría volver a ser niño” tengo la impresión de que suelen omitir algunos detalles poco gratos o que idealizan la infancia, en la que los demonios también persiguen a los suyos, pero siempre a su tamaño.

Mi nombre es Gisela y soy una persona neurodivergente. Tengo trastorno de ansiedad y depresión crónica. Lo tuve desde que era pequeña, pero no fui atendida ¿por qué? Supongo que por falta de tiempo y de dinero. Treinta años después decidí convertirme en madre y mi hija, a quien llamaré Luna, está por cumplir 9 años.

Creo que a esto del maternaje le entra uno (si así lo decide) como el Borolas: a lo pendejo. Yo sabía que no sería sencillo, pero no tenía idea de que fuera tan difícil.

En marzo de 2012, me nació una hija bellísima e inteligente que heredó gran parte de mis características, no tanto físicas, sino mentales, y no muchas de las que me puedo sentir orgullosa. El confinamiento las llevó a límites insospechables.

A ella, Luna, le diagnosticaron TDAH y Trastorno de oposición desafiante cuando tenía cuatro años. Antes de ello, yo sólo pensaba que era berrinchuda y mula. Cabrona, en buen español.

En preescolar se manifestaron de manera extrema los trastornos conductuales. No había día en que no hubiera una sola queja por su comportamiento y llegaron a amenazarme de que la expulsarían, pero utilizaron un eufemismo “quizá en otro lugar esté mejor”.

Entonces decidí buscar ayuda. Una amiga me recomendó a una terapeuta y ella me sugirió llevarla al Hospital Psiquiátrico Infantil “Juan N. Navarro”, en donde le hicieron una serie de estudios. Todavía recuerdo su cabeza llena de cables y todas las ocasiones en las que tuve que mantenerla despierta para que pudieran analizar su sueño.

“Su cerebro está sano, pero inmaduro”, me dijeron. Vaya cosa, igual que el mío, pensé en mi infinita ignorancia.

Desde entonces comenzamos un proceso de terapia, juntas. De todo este periplo, es quizá el mayor de los aprendizajes: si quería que funcionara, que ambas tuviéramos una mejor calidad de vida debía comprometerme con ella. Porque Luna no era el problema.

De hecho, en sí mismo no es un problema, sino una condición con la que ambas debemos aprender a vivir.  

Al principio no la medicaron, era muy pequeña, y el psiquiatra recomendó actividad física vigorosa dos o tres veces por semana, pero luego de un año comenzó a tomar Motruxia, un medicamento antipsicótico que, en pequeñas dosis, ayuda al control de impulsos.

Tuvimos buenas épocas. Los demonios parecían lejanos. La felicitaban en la escuela, me abrazaba y hacía caso. Hubo avances; mejoró en calificaciones y en conducta gracias a la terapia, al ejercicio y al medicamento… pero nada dura para siempre.

Luna es hipersensible a los cambios y necesita rutinas específicas. Tuvimos que separarnos en un par de ocasiones, primero por el sismo de 2017 y después por la COVID-19, esta enfermedad que ha puesto al mundo de cabeza y que ha dejado tras de sí una estela de casi 41 millones de personas contagiadas y más de 1 millón de muertos en el mundo.

Pronto la Ciudad de México se convirtió en el epicentro de la enfermedad en el país. Suspendieron las clases y la forma de trabajo también cambió.

Literalmente no teníamos horarios y nos suspendieron descansos. “Es una situación extraordinaria”, dijo mi ex jefa.

En la esfera económica no estoy sola, siempre he contado con el apoyo de su padre, pero soy cuidadora única y no podía hacerme cargo, así que decidí llevarla a otro estado y dejarla temporalmente al cuidado de la persona en la que más confío.

La Jornada Nacional de Sana Distancia la vivimos separadas: ella se tuvo que adaptar a una casa que no era suya, a pesar de lo mucho que la quieren, y yo no paraba de trabajar.

Cuando el subsecretario de Prevención y Salud, Hugo López-Gatell, habló de una “nueva normalidad” supe que teníamos que aprender a vivirla juntas y fui por ella, pero era otra personita: más irascible, intolerante, retadora, como si su carácter se hubiera multiplicado por mil en un par de meses.

Pasamos de las actitudes retadoras a las ofensas francas “eres una estúpida”, “maldita idiota”, “eres la peor mamá del mundo”. De ahí a los golpes fue un solo paso, pero no era yo quien la lastimaba: en su desesperación e impotencia me mordió más de una vez.

Dicen que las cosas no deben tomarse personales, pero es difícil atender la recomendación cuando eres la única persona que está presente.

Por la crisis sanitaria suspendimos la terapia y las visitas al psiquiatra; nadie quería estar cerca de un hospital, pero yo intuía que estábamos en otro punto, en uno del que quizá no habría retorno.

De nueva cuenta un amigo me recomendó a una psiquiatra, ella resultó perfecta para mí. Me dijo que no hay cura para el desequilibrio en mi cerebro, pero que si yo había podido convertirme en una adulta relativamente funcional prácticamente sin ayuda, Luna tendría mejores oportunidades que yo. Me pidió no soltarla y no soltarme. De eso hace ya un par de meses y el valproato de magnesio, la fluoxetina y el alprazolam se convirtieron en mis mejores amigos.

En cuanto a Luna, la psiquiatra me recomendó a una terapeuta y una paidopsiquiatra que comenzaron a atenderla de inmediato. Ahora ,además de los paseos diarios y el aripiprazol, un antipsicótico para el control de impulsos, toma váyanse, un medicamento controlado que ayuda a mejorar la manera en que se comunican ciertas partes de su cerebro.

Por recomendación de la terapeuta la cambié de escuela al sistema público. Luna es incapaz de permanecer sentada 7 minutos y se distrae con la cola del gato. Al cabo de un mes, las maestras comenzaron a ignorarla. Las jornadas escolares eran extenuantes: debía estar conectada de 8 a 3 de la tarde y, a pesar de que estábamos en el mismo espacio, yo no podía estar atrás de ella para ayudarla. La escuela se convirtió en un motivo más de tensión entre nosotras.

El encierro hizo que todo marchara peor. La situación en el trabajo se hizo insostenible. Finalmente me despidieron. Luna dijo “si yo cambio de escuela, tú cambias de trabajo”.

Cambiarla fue una decisión afortunada, no sólo porque me quedé sin empleo semanas después, sino porque debe conectarse sólo una o dos horas al día. Hacer la tarea con ella es una odisea, pero vamos poco a poco.

Paciencia, mucha paciencia fue la principal recomendación: debe controlarla, pero no responda a las agresiones. No la lastime, ni física ni verbalmente, así que en buen castellano, me toca aguantar camote cuando tiene ataques.

Ojalá que este episodio, tan duro para la humanidad, nos permita ser más conscientes del cuidado de la salud mental y nos ayude a entender a quienes viven con alguna neurodivergencia  o enfrentan el mundo con alguna discapacidad.

Cambiaré de trabajo. Espero no demorar tanto, pero no siento miedo.

En los peores momentos soy la persona que quiere ir por cigarros y no regresar nunca, pero también sé que no lo haré.

“El presente artículo es propiedad de Yo También

Gisela (2020). Maternidades neurodivergentes en tiempos de pandemia. Yo También. Recuperado el 23 de octubre de 2020 de: https://yotambien.mx/maternidades-neurodivergentes-en-tiempos-de-pandemia/

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